Los abrazos son consuelos
Paseé por las calles, todas las dudas en el aire y al final este relato.
Para olvidarla, quise beber a tragos largos la música que a ella me recordaba, sin importar nada.
Solo una guitarra y una barra.
Y con el fondo de sus acordes componer mi pena.
Ordené mis pensamientos…
Hasta volver a verla.
Y al verla… Es un huracán que entra por la puerta y arrasa, descoloca.
Sentía cada mañana que sus mentiras me hacían feliz y yo infeliz, caí.
Al principio nada… pero el roce hace el cariño, y ella sin quererlo vino. A mí, a mi papel, a mi pluma, a mi que hacer.
Al alma del trovador cansado que siempre he querido ser.
Al cerebro del escritor frustrado.
A cada rincón de mi desordenado cuerpo que alguna vez tocó.
Como toco yo el vaso para escribir mejor.
Imposible olvidar su risa.
Cada momento guardo en la retina.
Como el fotógrafo que busca a la luna llena en el fondo de una lluvia de estrellas donde se esconde para que no la vean.
Termino despistado entre la cerveza,
Me evado y entonces…
Busco complicidad en brazos abiertos.
Ser de ellos la cura, la locura y no la vacuna a nuestra enfermedad.
Ya no me queda folio, ni pluma.
La vergüenza se fue en el último tachón de su nombre.
Ahora… una historia entre manos.
Subido a un tren de pasión, de consuelos, de abrazos.
Que termina en la estación de la culpa y el remordimiento por parte de ambos, pero que lo hacemos somos animales con instinto.
Y seguimos el destino que marcan la copa y la lágrima, la ruptura del alma.
La sinceridad y el cuento de hadas… Una patraña.
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